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A la sazón de la entrega del premio Nobel de Literatura, me preguntaba, como editor, qué hubiese hecho en caso de que una novela como El sonido y la furia de William Faulkner, quien obtuvo este galardón en 1949, llegase a mis manos. Lo cierto es que este tipo de pensamientos vienen también porque, estos días, andamos respondiendo a las primeras propuestas de valoración que recibimos en cuanto se hizo pública la editorial y aunque no es en absoluto agradable, en la mayoría de los casos hay que ser tajantes y rechazar aquellos proyectos que no nos interesan. Estábamos preparados para ello, sin embargo, a la hora de la verdad, es más costoso de lo que uno pueda imaginar. También queda, alguna que otra vez, el regusto ese de pensar si tal vez no estemos rechazando una genialidad que no somos capaces siquiera de intuir. Supongo que es el riesgo propio de un editor y que en más de una ocasión nos tendremos que arrepentir de nuestro criterio.